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jueves, 25 de abril de 2013

La bici

Encontré una buena bicicleta en internet. Segunda mano, buen estado, buen precio. El único problema era que el vendedor estaba en Stratford, al norte de Londres y yo vivo en Eltham, al sur.
Mi plan era llegar a Stratford, ver la bici, negociar y volver a mi casa con la bici en el DLR (Docklands Light Railway). Ese domingo llegué al encuentro con el vendedor de la bici a la hora pactada. 6 pm. El vendedor era un muchacho Polaco de unos 20 años que estaba estudiando contaduría. Quería vender su bicicleta clásica para comprar una más rápida. La bici correspondía con las fotos del sitio en internet. Era una bici de corte clásico, con guarda fangos delanteros y traseros, parrilla y un ancho pero duro sillín.
El trato se cerró por 60 libras esterlinas, y yo volví a la estación de Stratford para tomar el tren que me llevaría a casa. Estando parado, dentro de la estación, esperando el tren, un trabajador del DLR se me acercó y me dijo que no podía viajar con mi bici en el DLR.
Yo estaba muy lejos de mi destino, y nunca antes había estado en esa parte de la ciudad. Podía volver montando mi bici pero no sabía que ruta tomar. Pensé que podía seguir las rutas del DLR, que generalmente van sobre las calles, hasta encontrar un lugar conocido. Sin embargo fue difícil debido a que no había calles que siguieran paralelas a las vías del tren. Al cabo de unos minutos ya no podía ver la dirección de la carrilera.
Eran las 7 pm y el sol estaba en un extremo de la ciudad. Supe que ese era el occidente y que si mantenía el sol en mi hombro derecho, estaría dirigiéndome hacia el sur de la ciudad, hacia mi hogar.
Era un bello día de primavera. Yo realmente estaba disfrutando mi primer paseo en bici por Londres. El plan había dado resultado. A lo lejos pude ver los altos edificios de Canary Wharf. Son los más altos de toda la ciudad, o mejor los únicos. Londres no es una ciudad de rascacielos debido a su suelo. Al verlos supe que estaría a salvo. Solo debía llegar hasta esos altos edificios que veía a lo lejos. Estaban a la mitad de mi recorrido pero el camino desde Canary Wharf a mi casa lo conocía bien.
 De pronto llegué a una vía llamada Blackwall, muy grande, muchos carriles. Me detuve en un semáforo que estaba en rojo, y mientras esperaba el cambio, unas barreras bajaron bloqueando el paso. Como cuando el tren viene y cierran temporalmente las calles para que este pase. Pero yo no podía ver ninguna carrilera el frente. Al fijarme con más atención, ví un aviso vial que indicaba que más adelante se encontraba el túnel de Blackwall.
El cambio de la luz del semáforo estaba sospechosamente demorado. Las barrera continuaban bloqueando el paso y cada vez había más carros en la fila. De repente la voz de una mujer se transmitía a través de altavoces ubicados a lo largo de la vía, los cuales no había advertido hasta ese momento. El sonido era distorsionado, como de aeropuerto.  No logré entender lo que estaba diciendo. Supuse que había ocurrido un accidente en el túnel o algo por el estilo.
Lo siguiente que pasó fue que todas las personas que estaban a mi alrededor en sus carros comenzaron a mirarme. Los que estaban junto a mi bajaron la ventana y me señalaron. Un tipo que estaba en carril de la izquierda me gritó que me regresara por donde había venido, que no podía cruzar el túnel en bicicleta.
Me baje de mi nueva bici. Nueva para mí, desde luego. Di media vuelta y comencé el retorno entre los carros hacia la salida de esa calle, unos cien metros atrás. Las personas que estaban atrás en la fila de carros, que no alcanzaban a escuchar los altavoces me preguntaban que qué había pasado. Yo sonreía y decía que lo sentía, que el cierre era por mí.
Pensé que en instantes llegaría algún policía a multarme, pero no. Continué mi paseo de dos ruedas por el este de Londres y finalmente llegue a casa tres horas después de mi partida, con los últimos rayos de sol y la satisfacción de la aventura. Satisfacción no por haber vencido el peligro sino por haberlo corrido.

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