Muchas veces familiares y conocidos que no practican el rugby me han preguntado que para qué entrenar
tanto, ya que muchas veces parece que se gasta demasiado tiempo y energía para
un resultado que no siempre es el mejor al final del campeonato. Mi respuesta
por años a ese interrogante era que entrenábamos porque es la única forma que
hay si quieres ganar el torneo. Y no hay que ser muy suspicaz para anticipar lo
que sigue; ¿y entonces porque no ganaron? ¿Por qué no ganaron el año pasado?
¿Cuándo fue la última vez que ganaron?. Es inevitable sentir frustración. Todos
queremos ganar. Soñamos con ser los campeones de Bogotá y viajar a torneos de
otras ciudades y traer copas, llenar la vitrina de trofeos. ¡Salir de gira a la
Argentina y ganar!
Pero esas preguntas
odiosas de los amantes del futbol que se conforman con reunirse una vez cada
fin de semana a jugar un chuzado, a quienes no les importa tanto ganar o perder
porque igual no entrenan, así que no le invierten mucho a algo que no pasa de ser
un escusa para mentirse así mismo diciendo que practica un deporte, sin duda
esas preguntas tiene un efecto y me han hecho reflexionar y cuestionarme el por
qué entrenar si la victoria a veces es tan esquiva. En el fondo siempre he
sabido que entreno porque me gusta mucho practicar y verme con mis amigos. Sin
embargo años de asistir semana tras semana a la práctica cada noche de martes y
jueves, aunque me han quitado toneladas de estrés de mi vida diaria y me han
dado algo de salud física, no me habían quitado la frustración de perder un
partido. Por el contrario, la desilusión que se siente después de una derrota
es peor tras haber entrenado tanto.
Mucho tiempo he pensado
al respecto y lo he conversado con varios amigos en interminables discusiones
filosóficas de tercer tiempo. Ahora he descubierto que he estado haciéndome las
preguntas equivocadas y eso es un callejón sin salida que solo conduce al
número trece de la calle tristeza, esquina agonía… Son preguntas derivadas,
obviamente, de la forma en que mi cultura colombiana no concibe un deporte tan
noble como en rugby.
Cuando uno se pregunta
qué es lo que busca lograr al jugar un partido de rugby, la respuesta más
pronta es decir que lo que se busca es ganar. Parece lógico y obvio. Todos
queremos ganar. Competimos para demostrar quién es el mejor. El espíritu de
competencia está en nuestro ADN y es lo que empuja el desarrollo. Claro que
jugamos para ganar. Claro que competimos por la victoria. Pero la victoria es
un objetivo que no está en las manos de uno y es algo que no se puede
controlar. Lo que quiero decir es que el triunfo, en un deporte de equipo, no
solo depende de mí como individuo, sino que depende de 15 jugadores dentro de
la cancha de rugby. Es más, también depende de los 7 suplentes y de cómo esos
22 jugadores diferentes van a hacer las cosas. Indudablemente también depende
del nivel del equipo rival y su performance y preparación. Y depende del
árbitro del encuentro, de sus errores y sus aciertos. Además hay factores que
no se pueden quitar como el estado del campo o el clima que afectan el
desarrollo de un partido y por ende su resultado final. En otras palabras, si
digo que mi objetivo para jugar el rugby es el de ganar, pues estoy poniendo
mis metas, es decir, mis ilusiones en manos de otros que están fuera de mi
control. Lo que quiere decir que no importa cuánto me mate entrenando, el
resultado final dependerá de muchas más cosa, pero no de mí. Decir que mi
objetivo es ganar, es un pajazo mental que estúpidamente me hará sentir feliz si
se gana y miserable si se pierde.
Curiosamente la
respuesta al dilema planteado la encontré en un libro que tenía guardado sin
leer hace como 10 años. No lo había terminado de leer por pereza y por tiempo.
Estaba demasiado ocupado entrenando. Lo que descubrí en este libro es que
básicamente los objetivos que uno se debe poner, deben poder ser controlados
por uno mismo. No deben depender de factores externos. Así uno es responsable
de cumplirlos y la satisfacción o frustración estarán bajo control también.
Adicionalmente esto influenciará en la motivación y en el enfoque al igual que
en la concentración ya que uno mismo podrá ver como mejora cada día y empezará
a perseguir objetivos más y más exigentes cada vez. Para dar un ejemplo simple,
un jugador que lanza en el line out podría ponerse como objetivo el de lanzar
el balón de manera precisa. Su meta será reducir a cero los balones parciales. Lo
primero que hará es darse cuenta de cual es su rendimiento actual, como punto
de partida. Contará cuantos balones parciales le pitan durante un partido. De
esta forma podrá medir su avance. Luego junto con el entrenador podría planear
una estrategia para mejorar su lanzamiento. Seguramente llegará a la conclusión
de que debe practicar el lanzamiento durante un tiempo determinado cada día.
Tal vez mediante un video observe como está su técnica y pueda corregir
detalles. Seguramente descubrirá que su precisión disminuye considerablemente
con el agotamiento físico del partido así que empezara a trabajar su estado
físico, y probablemente eso conllevará a que cambie su dieta, etc.
El ejemplo ilustra como
un objetivo individual aparentemente simple, inicia todo un proceso, una bola
de nieve que va afectando un montón de aspectos diferentes y que a la final lo
que realmente se está asiendo es que ese jugador contribuya de manera
invaluable con un lanzamiento certero, esencial para ganar los line out y en
definitivo para ganar el partido ya que sin un line out solido es casi
imposible jugar al rugby. Por otro lado ese jugador se convierte en un
competidor que cada vez lo quiere hacer mejor. Un jugador que durante el
partido está enfocado en perseguir su meta sin importar si se está ganando o
perdiendo, sin importar si está jugando contra un equipo de menor nivel o contra los All
Blacks. Se ha convertido en un maestro de la concentración durante los partidos
y su motivación lo empujará a mejorar cada vez. A lo mejor también se dé cuenta
de que prepararse para un partido no es suficiente con llegar temprano a este.
Que ayuda bastante no salir de juerga la noche anterior. Y que prometerse a si
mismo ir a entrenar sin falta, luego de una charla motivadora del entrenador
tras un partido mal jugado, no alcanza para asistir a los entrenos ya que además
hay que organizar una montaña de actividades del trabajo, el estudio y la novia
para no tener que enviar, una hora antes del entreno, un mensaje excusándose por
no poder asistir ese día.
El mismo concepto se
debe aplicar para fijar objetivos individuales medibles para la patada a palos,
la pata de penal a la línea de touch, la patada de drop, talonear el balón en
el scrum, atrapar balones del aire, patear y correr, tacklear y pescar, pasar
el balón, romper el primer tackle, etcétera, etcétera, etcétera.
Finalmente, de lo que
me di cuenta es que responder a la pregunta de qué es lo que espero al entrenar
para un partido rugby, con un simple “ganar” es lo mismo que decir: no sé, no
tengo ni idea! Porque en primer lugar, ganar no depende solo de mi y en segundo
lugar porque aunque se logre ganar, no será una victoria para mí. La victoria
no es para el que marca los trys de un partido ni para el que mete más puntos
pateando a los palos. La victoria no es para el man of the mach ni para el
capitán del equipo o para el entrenador, ya que se requiere del trabajo
imprescindible de muchos dentro y fuera de la cancha. Lo que hay que entender
para responder esa pregunta es que el rugby no es un fin sino un medio, y que
el objetivo de un equipo se desvanece cuando se olvidan las metas individuales
de los que lo conforman. Entender que es más importante jugar bien al rugby que
el score del partido porque ese score solo es una consecuencia y no una causa.

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