Es temprano en la mañana. Ha madrugado para ir a su
trabajo como es costumbre desde hace varios años. Toma su maleta con las botas
de rugby porque es martes y hay práctica en la noche. El tránsito por
entre el transporte público se hace aún más incómodo de lo habitual con esa
gran maleta en su espalda. El tráfico es insoportable. La gente es
insoportable. La vida es insoportable.
Llega tarde a la oficina pero no le importa el reclamo
de su jefe. Va pensando en el tiempo que deberá reponer por su llegada tarde y
si alcanzará a llegar a la práctica a tiempo en la noche. Su jefe le ve la cara
magullada, tiene un ojo de color extraño y algunas raspaduras en la parte lateral
de la frente, pero no se asombra. Hace mucho tiempo que en su oficina se
acostumbraron a verlo de cuando en cuando con las marcas del juego del sábado
anterior. Ya ni se burlan de sus heridas y él también hace tiempo que dejó de
intentar ocultar esos raspones con pomada para cicatriz. Su cuerpo está lleno
de marcas que cuentan historias que comenzaron en un campo de rugby y
terminaron en un quirófano. Los días en que le gustaba pensar que estaba en una
especie de club de la pelea se apagaron. El empleo que aceptó temporalmente se
convirtió en permanente y ahora es su esclavo. Debe pagar por el carro que casi
nunca puede usar y por el hijo que casi nunca puede ver.
Al final de la tarde logra escaparse y llegar a tiempo
a la práctica de rugby. Parece que esa oficina le succiona la energía y se
siente agotado. Se pregunta si realmente debería ir a entrenar esa noche. Se
siente cansado, sin ánimo, sin ganas de hacer nada. Cada vez encuentra menos
motivos para ir. En otros tiempos sabía que debía ganarse la camiseta
entrenando y se esforzaba por no faltar a ningún entrenamiento, después le tomó
un gusto admirable a los entrenos y muchas veces era su válvula de escape, su
propia terapia, su medicina. No importaba si había partido el próximo sábado, no importaba si había torneo. No importaba si llovía y hacía frío. Hasta fue
parte de una especie de secta que jamás faltaba a los entrenamientos y que se
hacían llamar Los Tercos. Después su propio cuerpo le fue pasando factura y
entrenar se hizo cada vez más ingrato. Sin embargo ese par de horas los martes
y los jueves se habían convertido en la oportunidad de reencontrarse con sus
amigos. En la oportunidad de verlos, de hablar y de reír. La terapia ya no se
hacía de golpes sino de bromas y anécdotas.
Pero esos días también se fueron y cada vez hay menos
conocidos en las prácticas. Uno a uno se han ido yendo esos compañeros de
batalla. Han ido regresando a sus tierras provincianas. Otros se han ido a
hacer dinero o se han ido a viajar por el mundo. También se han ido lesionando,
se han ido cansando, se han ido casando.
A pesar del maldito transporte público y del maldito
trafico llega a las siete en punto. Llega a tiempo y se encuentra con los
primeros asistentes del entrenamiento que charlan mientras esperan al
entrenador para que les ordene que se cambien. Los saluda, ha visto antes a la
mayoría pero solo conoce a uno o dos. Ellos se refieren a él por señor y aunque
él no dice nada, odia que los jóvenes lo llamen así porque le recuerda lo viejo
que está.
Mientras se cambia, despacio, esperando que llegue
algún conocido de antaño para tener con quien charlar. Alguien con quien
discutir razones para no llegar un día a la casa, encerrarse en el baño y pegarse un tiro en la cabeza. Hace rato que no vienen ninguno de su generación
o de las generaciones posteriores o al menos de los que lo acompañaron en el
campo cuando era capitán del equipo.
Al fin comienza la práctica. La parte física lo
destroza. Los demás son más rápidos más fuertes. En la parte técnica le va mejor.
Entiende sin problema cada ejercicio. Le pasa igual en los ejercicios tácticos.
Sin embargo en los partidos ya no es lo mismo. Ahora entiende mejor el juego y
sabe exactamente lo que debe hacer pero sus piernas día a día son más lentas y
llega tarde a todo. Sabe porqué su tackle no funciona pero su espalda no lo
deja agacharse más. Ve los espacios por donde atacar pero se le cierran antes
de que llegue.
Mientras entrena se pregunta por qué ha comenzado a
entender el rugby cuando ya no puede jugarlo. Por qué cuando tenía la velocidad
y la fuerza no veía con la claridad que se ve todo ahora. Por qué tuvieron que
pasar años y años, golpes y golpes, lesiones y lesiones para comprenderlo. Cómo
fue que un día abrió los ojos y se dio cuenta que tenia cuarenta y cuatro con
una gran barriga, la rodilla mala y todo lo que traen los cuarenta y cuatro. Y
se pregunta de qué sirve saber lo que sabe y entender lo que entiende si ya es
tarde para él. ¿Qué sentido tiene la vida si se va burlar así de uno?. Quizás enseñarle
a los nuevos sea la manera de hacerle el quite a la vejez. Y entonces recuerda
que los jóvenes son jóvenes porque no quieren escuchar. Que no respetan ni a
sus propios padres y menos hacen caso de un viejo amargado. Que la vez que quiso
hablarles se dio cuenta de que hablar en público no es su talento y que el tono
de su voz al parecer aburre a todos.
La práctica terminó. Camina cansado hacia su casa ya
tarde en la noche. Sabe cómo manejar el dolor, un poco de hielo para el tobillo
y una cerveza fría para dormir rápido. Tiene que madrugar a la oficina el día
siguiente.

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