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viernes, 29 de diciembre de 2017

Ocaso


Es temprano en la mañana. Ha madrugado para ir a su trabajo como es costumbre desde hace varios años. Toma su maleta con las botas de rugby porque es martes y hay práctica en la noche. El tránsito por entre el transporte público se hace aún más incómodo de lo habitual con esa gran maleta en su espalda. El tráfico es insoportable. La gente es insoportable. La vida es insoportable.

Llega tarde a la oficina pero no le importa el reclamo de su jefe. Va pensando en el tiempo que deberá reponer por su llegada tarde y si alcanzará a llegar a la práctica a tiempo en la noche. Su jefe le ve la cara magullada, tiene un ojo de color extraño y algunas raspaduras en la parte lateral de la frente, pero no se asombra. Hace mucho tiempo que en su oficina se acostumbraron a verlo de cuando en cuando con las marcas del juego del sábado anterior. Ya ni se burlan de sus heridas y él también hace tiempo que dejó de intentar ocultar esos raspones con pomada para cicatriz. Su cuerpo está lleno de marcas que cuentan historias que comenzaron en un campo de rugby y terminaron en un quirófano. Los días en que le gustaba pensar que estaba en una especie de club de la pelea se apagaron. El empleo que aceptó temporalmente se convirtió en permanente y ahora es su esclavo. Debe pagar por el carro que casi nunca puede usar y por el hijo que casi nunca puede ver.

Al final de la tarde logra escaparse y llegar a tiempo a la práctica de rugby. Parece que esa oficina le succiona la energía y se siente agotado. Se pregunta si realmente debería ir a entrenar esa noche. Se siente cansado, sin ánimo, sin ganas de hacer nada. Cada vez encuentra menos motivos para ir. En otros tiempos sabía que debía ganarse la camiseta entrenando y se esforzaba por no faltar a ningún entrenamiento, después le tomó un gusto admirable a los entrenos y muchas veces era su válvula de escape, su propia terapia, su medicina. No importaba si había partido el próximo sábado, no importaba si había torneo. No importaba si llovía y hacía frío. Hasta fue parte de una especie de secta que jamás faltaba a los entrenamientos y que se hacían llamar Los Tercos. Después su propio cuerpo le fue pasando factura y entrenar se hizo cada vez más ingrato. Sin embargo ese par de horas los martes y los jueves se habían convertido en la oportunidad de reencontrarse con sus amigos. En la oportunidad de verlos, de hablar y de reír. La terapia ya no se hacía de golpes sino de bromas y anécdotas.

Pero esos días también se fueron y cada vez hay menos conocidos en las prácticas. Uno a uno se han ido yendo esos compañeros de batalla. Han ido regresando a sus tierras provincianas. Otros se han ido a hacer dinero o se han ido a viajar por el mundo. También se han ido lesionando, se han ido cansando, se han ido casando.

A pesar del maldito transporte público y del maldito trafico llega a las siete en punto. Llega a tiempo y se encuentra con los primeros asistentes del entrenamiento que charlan mientras esperan al entrenador para que les ordene que se cambien. Los saluda, ha visto antes a la mayoría pero solo conoce a uno o dos. Ellos se refieren a él por señor y aunque él no dice nada, odia que los jóvenes lo llamen así porque le recuerda lo viejo que está.

Mientras se cambia, despacio, esperando que llegue algún conocido de antaño para tener con quien charlar. Alguien con quien discutir razones para no llegar un día a la casa, encerrarse en el baño y pegarse un tiro en la cabeza. Hace rato que no vienen ninguno de su generación o de las generaciones posteriores o al menos de los que lo acompañaron en el campo cuando era capitán del equipo.

Al fin comienza la práctica. La parte física lo destroza. Los demás son más rápidos más fuertes. En la parte técnica le va mejor. Entiende sin problema cada ejercicio. Le pasa igual en los ejercicios tácticos. Sin embargo en los partidos ya no es lo mismo. Ahora entiende mejor el juego y sabe exactamente lo que debe hacer pero sus piernas día a día son más lentas y llega tarde a todo. Sabe porqué su tackle no funciona pero su espalda no lo deja agacharse más. Ve los espacios por donde atacar pero se le cierran antes de que llegue.

Mientras entrena se pregunta por qué ha comenzado a entender el rugby cuando ya no puede jugarlo. Por qué cuando tenía la velocidad y la fuerza no veía con la claridad que se ve todo ahora. Por qué tuvieron que pasar años y años, golpes y golpes, lesiones y lesiones para comprenderlo. Cómo fue que un día abrió los ojos y se dio cuenta que tenia cuarenta y cuatro con una gran barriga, la rodilla mala y todo lo que traen los cuarenta y cuatro. Y se pregunta de qué sirve saber lo que sabe y entender lo que entiende si ya es tarde para él. ¿Qué sentido tiene la vida si se va burlar así de uno?. Quizás enseñarle a los nuevos sea la manera de hacerle el quite a la vejez. Y entonces recuerda que los jóvenes son jóvenes porque no quieren escuchar. Que no respetan ni a sus propios padres y menos hacen caso de un viejo amargado. Que la vez que quiso hablarles se dio cuenta de que hablar en público no es su talento y que el tono de su voz al parecer aburre a todos.


La práctica terminó. Camina cansado hacia su casa ya tarde en la noche. Sabe cómo manejar el dolor, un poco de hielo para el tobillo y una cerveza fría para dormir rápido. Tiene que madrugar a la oficina el día siguiente.

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